El macho-omega o apología por un feminismo entre los hombres

El feminismo es un principio ético fundamental para cualquier persona que se digne de ser progresista y que de verdad quiera conseguir un mundo justo y equitativo. En esta filosofía de cómo concebir y transformar la realidad participan tanto mujeres como hombres; pero sin embargo son ellas fundamentalmente quienes estudian y difunden este pensamiento, mientras que los hombres somos realmente pocos. Muchas feministas nos animan a que nosotros también implementemos el feminismo, especialmente en una nueva conceptualización de lo masculino para conseguir desde nuestro género también la igualdad. Con este escrito, realmente una reflexión personal sin pretensiones, quiero aportar mi grano de arena.

He-Man y Superman, ejemplos de masculinidad para niños en los años 80

Para empezar hay que partir del hecho de que a los hombres también nos inculcan unos valores culturales de género, en este caso considerados como los apropiadamente masculinos según la tradición. Al igual que hacia las mujeres, existe una presión social, injusta, para que seamos de una forma determinada por el mero hecho de presentar unas determinadas características físicas del dimorfismo sexual, en este caso masculinas. Desde que nosotros somos pequeños recibimos una formación por nuestros familiares, nuestro entorno social y por la televisión (especialmente dibujos animados y anuncios publicitarios) que se obcecan en que los hombres debemos ser fuertes, valientes y aguerridos, debemos preferir ciertos juegos y juguetes (todos ellos de acción y competición) y debemos ser superiores a cualquier otra persona, incluso con agresividad si hace falta.

Por suerte para mí en el ámbito familiar no han existido prácticamente esta programación mental de estos valores supuestamente masculinos, aunque recuerdo de pequeño (tengo muy buena memoria) que me dijeron una vez, tras tropezar y caerme al suelo, que no llorase “porque no soy una niña”. Evidentemente estos mensajes fueron muy escasos porque, si no, no sería feminista y no estaría escribiendo esto en mi blog. En cambio, en el ámbito social externo sí que sufrí presiones de este tipo y… bueno, no os voy a contar mi vida, pero se hace algo cuesta arriba si eres un niño al que no le va competir, le gusta quedarse tranquilo y no es hábil físicamente.

Esto cuando uno se hace más mayor no para sino que se incrementa, ya que al menos en el entorno social externo (supongo que a muchos chicos también les ocurrirá en casa aunque en mi caso no fue así) se hace ver a los adolescentes que el amor romántico no es para los hombres: a ellos sólo les puede interesar el sexo con las mujeres. Los hombres no pueden ser también sensibles y sentimentales. Y cuando digo a los chavales, digo igualmente a los hombres ya adultos: hace no tanto dos hombres me recrimaron que yo no era normal porque, en lugar de gustarme todas las chicas en general para poder salir con una distinta cada noche, me centro siempre en una mujer determinada durante un periodo de tiempo. La realidad es que, por naturaleza, unas personas tienden hacia un único emparejamiento mientras que otras buscan cambiar de pareja con frecuencia; no es justo que a los hombres se nos obligue a que busquemos la poliginia como tampoco lo es a que a las mujeres se les inste a que sigan la monoandria. Aclaro, por cierto, que pongo estas situaciones de mi vida personal para que sirvan de ejemplo a las mujeres y puedan comprender por qué los hombres piensan y se comportan de determinada manera; estoy seguro de que los hombres reconocerán experiencias similares en sus propias vidas.

En la vida diaria, durante las relaciones sociales, a los hombres que podemos calificar como “machos-omega” también nos afecta la competitividad y superioridad masculinas. Por ejemplo, en diferentes estudios se ha observado cómo estos comportamientos siempre marginan a las mujeres en las conversaciones, ya que los hombres quieren ser el líder del grupo e imponer su criterio provocando que las mujeres dejen de participar. Resulta que estos hombres no son todos sino tan sólo los “machos-alfa” y provocan exactamente el mismo efecto sobre una parte de los hombres, que pasan de competir por su forma de ser o de pensar; estos últimos son los que denomino “machos-omega”. ¿No estaría bien que las mujeres y los “machos-omega” trabajaran conjuntamente para desterrar este tipo de comportamientos, reconvertir a los “machos-alfa” y conseguir la igualdad al menos en la cotidianidad?

También los hombres padecemos el estigma social de que no sabemos cuidar de nuestros vástagos y de que, por tanto, sólo las mujeres deben ocuparse de esto. Para resolver la deuda de los cuidados que los hombres contraemos hacia las mujeres debemos impulsar por nuestra parte la realidad de que los hombres cuidamos a la prole igual de bien que las mujeres; y la mejor forma de demostrarlo es haciéndolo. Asumamos la paternidad. Y junto a esta el resto de elementos que adeudamos a las mujeres en los cuidados, especialmente la atención a parientes ancianos y demás seres queridos y las llamadas “tareas del hogar”.

Por último, quiero incidir en cómo se encardinan estas reflexiones en mi teoría predilecta entre los feminismos: el ecofeminismo, siguiendo dentro de él las corrientes más recientes. Así, el ecofeminismo defiende que los elementos que conllevan el sometimiento de las mujeres por los hombres son los mismos que provocan la subyugación de la naturaleza por los seres humanos. Asimismo, las corrientes más en boga añaden que la disimilación de mujeres y hombres ocasionada por asociar a ellas con la naturaleza y a ellos con la cultura/civilización debe ser erradicada, porque tanto mujeres como hombres compartimos equitativamente naturaleza y cultura/civilización. De esta manera, hombres y mujeres tenemos que colaborar para modificar el orden social y la situación ecológica de forma simultánea, ya que la protección del medioambiente y la defensa de la sostenibilidad son también necesarias para romper la lógica del patriarcado.

En definitiva, es evidente que el perjuicio ocasionado a las mujeres a causa de los valores culturales de género por parte de nuestra sociedad no tienen parangón con las contrariedades que estos producen a los hombres; pues, indudablemente, son las mujeres las que sufren la marginación (social, económica, laboral, cultural, reproductiva, sexual, etc.). Pero es necesario complementar la lucha de y para las mujeres cambiando el rol de los hombres. Desde aquí lanzo este llamamiento: nosotros debemos abandonar la supremacía hacia una igualdad de género efectiva y real.

Hombre feminista

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